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CÍRCULOS INÚTILES

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  CÍRCULOS INÚTILES Sintu se abrió paso entre los demás a empujones, apenas cabían. Cuando llegó ante Marléou, le soltó: —Así que tú eres el gilipollas de la pulsera del Dépor. Marléou casi no podía respirar. El sol se le había metido en los pulmones y, en vez de lengua, tenía una lámina de estropajo en la boca. —¿Y qué pasa con que yo sea del Dépor? —contestó, orgulloso, levantando la mano izquierda. Le dolía desde los empujones que le dieron para obligarlo a subir al cayuco a toda prisa. La pulsera azul, ancha y gastada, le apretaba en la muñeca. Alguien le había contado que en España todos los equipos tenían estadio, bandera y canciones y que había gente capaz de llorar por ellos. Detrás de Marléou había dos mujeres jóvenes agachadas. Se habían subido las faldas y estaban orinando como podían, sujetándose una a la otra para no caer sobre los cuerpos. El chico vio a un hombre de piel muy oscura mirarlas con una sonrisa torcida. Quizá estaba eligiendo víctima. Pensó ...

CAOS EN EL BOSQUE

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CAOS EN EL BOSQUE        Estimados radioyentes, la situación en el bosque ha entrado en una fase de desconcierto general. Los cerdos, que hace años se rebelaron contra el lobo constructor, ya no saben si son víctimas, héroes o estrellas invitadas en un reality . Uno de ellos incluso ha declarado que «igual soy príncipe, igual soy albañil, ya veré según el día».      El lobo, hasta hace poco magnate del ladrillo y del susto, atraviesa una desubicación existencial tan profunda que ni los búhos ni los demás psicólogos del bosque quieren ya tocar el caso. Esta mañana los cerdos lo han engañado y le han hecho creer que uno de ellos era una princesa dormida. Últimamente ha dejado de ser feroz y ahora confunde ambición con necesidad afectiva, por eso se acercó a besarla con la barriga metida y el ego fuera de control. En cuanto inclinó el hocico, recibió tal lluvia de escobazos y sartenazos que salió por la ventana sin recordar si era depredador, influen...

QUINCE TONOS

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  QUINCE TONOS «A las ocho». Demasiado simple, sin clave de confirmación. «Llamar al seis cuatro siete treinta y dos…». Ese número me suena, es extraño. En nuestro esquema de trabajo, lo barato sale caro. Y ya lo han usado antes. He dejado mi apartamento, pagado con fondos reservados, y he bajado a la calle, a la nieve. Eran las ocho menos diez. En nuestra organización, la exactitud es la clave. No podemos darle un giro a la sociedad si no somos matemáticos, precisos, minuciosos. Otros grupos han intentado hacer lo mismo, pero las bombas les han acabado estallando en las manos por falta de método. En la asamblea del año pasado se definieron los parámetros útiles: una estructura desarticulada basada en células durmientes, con autonomía para actuar y para matar. Con autonomía para morir. Nadie conoce a nadie, nadie manda flores a los entierros. Si suceden, son simples contratiempos. La lucha siempre continúa. De contable a espía, menudo carrerón… Mi padre me decía que siempre...

Fotografías alejadas de la media

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  FOTOGRAFIAS ALEJADAS DE LA MEDIA Llamé a Eleonora a mi despacho y le mostré aquella fotografía de tonos sepia. Era la del rostro de una mujer cuya sonrisa coloreaba la imagen. Ella alzó las cejas y dijo: —No puede ser… —Se echó las manos a la cabeza y cerró los ojos. Empezó a temblar—. ¡No podéis hacerme esto! Yo no respondí. La impresora del pasillo comenzó a lanzar sus zumbidos habituales. Eran poco más de las siete y media. En la pared de enfrente, una luz fría, de quirófano, iluminaba el emblema de la Sociedad de Gauss. —Es mi madre —dijo—. Ella no se ha desviado de ninguna media. Paga todos los impuestos, camina a diario y sus analíticas son perfectas. ¿A qué viene ahora esto? Toqué el borde del estuche que siempre tengo sobre mi mesa; es mi gesto cuando voy a decir algo que no quiero decir. —Hace siete horas entró en vigor el nuevo protocolo para mayores de sesenta. Desde hoy mismo, quienes los cumplan o los superen pasarán a fase domiciliaria de cierre. Estos c...

De pronto, la verdad

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  DE PRONTO, LA VERDAD Se levantó de la mesa, miró a su padre y se marchó a la cocina. Tenía una mancha de sangre entre los dedos y necesitaba apoyarse en la encimera y buscar aire porque sentía que en el salón no había oxígeno y porque su padre le acababa de preguntar por su madre. Él, como siempre, le había respondido con lo de la tía Elvira. —Ay, Dios mío, ¿qué va a ser de papá? —sollozó. Volvió a marcar el número de Enriqueta. De nuevo el buzón de voz. Tomás era un tipo alto, con cuerpo de dinosaurio recién comido y brazos como sogas de amarrar buques. Pero sabía llorar. Su hermana Enriqueta, antes de largarse con el equilibrista, le decía casi a diario que los hombres son tan estúpidos que no saben ni llorar. ¡Qué poco lo conocía! Meses después, llegó la enfermedad a la cabeza de su padre y, aunque avanzaba muy despacio, Tomás fue aprendiendo a soltar lágrimas en la cocina. La vida se le había puesto tan gris que se había ido entrenando en el difícil arte del llanto si...

LO QUE NO DEBE SABERSE

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  LO QUE NO DEBE SABERSE N o lo podía creer: aquel jinete era su hermano. La chica se había imaginado que nunca volvería a verlo, que la dejaría en paz para siempre; pero lo cierto es que allí estaba, en su busca. Su propio hermano. Seguramente le habría vendido al marqués la noticia de su huida a cambio del caballo y de una buena bolsa de oro. En dos días su mundo se había desmoronado por completo. El marqués la había desposado en una ceremonia fastuosa; ninguna campesina había tenido jamás una boda así. Los amigos del noble le dijeron a su padre que el señor marqués se había encaprichado de esta hija y la cubrieron de joyas y sedas. Durante unas horas, la chica había llegado a ser la mujer del hombre más rico de la zona. Era algo totalmente inaudito, impensable. Pero luego, en mitad de la noche de bodas, la devolvieron a la aldea. La trajeron en un carruaje pequeño y discreto. La habían sacado del castillo sin dar explicaciones; le habían arrebatado las joyas, el vestido ...

A QUINIENTOS EL MILAGRO

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  A QUINIENTOS EL MILAGRO Llegué al bar Finlandia , el de mi amigo Ernesto. El dueño anterior era un guiri que se largó cabreado, entre insultos, porque no pillaba el sentido del humor de la gente del barrio. Ernesto, en cambio, tiene la pachorra del que ha visto de todo y al que ya nada le sorprende. Necesitaba ayuda: mi hija, de solo siete años, llevaba meses sin comer ni pizca. No es que fuera caprichosa ni que tuviera manías con la comida. Simplemente, era que no comía; y, claro, se nos iba apagando poco a poco. El médico, pobre hombre, no encontraba ninguna enfermedad. Nos mandaba vitaminas, suplementos, trucos de alimentación…, pero nada funcionaba. Así que fui al Finlandia a reunirme con un curandero . —¿Tú qué sabes de ese Remigio? —le pregunté a Ernesto mientras me ponía un vermú. —Ese es un timador de los buenos. Te vende agua de un charco y te garantiza que te cura, aunque tengas un cáncer. Ya verás que fiera está hecho. —Vaya, lo que me temía. Ernesto se ...