CAOS EN EL BOSQUE





CAOS EN EL BOSQUE

 

    Estimados radioyentes, la situación en el bosque ha entrado en una fase de desconcierto general. Los cerdos, que hace años se rebelaron contra el lobo constructor, ya no saben si son víctimas, héroes o estrellas invitadas en un reality. Uno de ellos incluso ha declarado que «igual soy príncipe, igual soy albañil, ya veré según el día».

    El lobo, hasta hace poco magnate del ladrillo y del susto, atraviesa una desubicación existencial tan profunda que ni los búhos ni los demás psicólogos del bosque quieren ya tocar el caso. Esta mañana los cerdos lo han engañado y le han hecho creer que uno de ellos era una princesa dormida. Últimamente ha dejado de ser feroz y ahora confunde ambición con necesidad afectiva, por eso se acercó a besarla con la barriga metida y el ego fuera de control. En cuanto inclinó el hocico, recibió tal lluvia de escobazos y sartenazos que salió por la ventana sin recordar si era depredador, influencer o concursante de un talent show.

    Cayó en una enorme mata de ortigas, se arrastró por el sendero y allí lo encontró el cazador, que también atraviesa lo suyo: dice que está «cansado de tanta violencia» y que siente que su verdadera vocación es la repostería. Conmovido por los lamentos del lobo, lo llevó a casa de la abuela para esconderlo y se marchó corriendo a buscar levadura.

    Y aquí empieza lo verdaderamente inquietante, estimados oyentes.

    El lobo aceptó disfrazarse de abuelita, sí, pero no como camuflaje: como proyecto personal. A los cinco minutos pidió una manta para las rodillas, un cojín lumbar y un poco de agua templada con miel «porque uno ya no está para sustos». La abuela, encerrada en el armario por seguridad, intentó corregirlo:

    —Ponte la cofia más recta, que así pareces un descarado. No digas «caramba», di «Jesús bendito». Y, sobre todo, deja de enseñar los colmillos, que eso no es de gente fina.

    Lo peor no fue que obedeciera. Lo peor fue que se lo tomó en serio: cuando se vio en el espejo, se recolocó la cofia con mimo, se alisó el delantal con ternura y ensayó un «hija mía» tan convincente que la abuela dejó de protestar por primera vez desde hace treinta años.

    Mientras tanto, el bosque entero parece haber perdido el norte. Los árboles dudan si siguen siendo árboles o si deberían reinventarse como columnas de opinión. Las ardillas se preguntan si almacenar nueces no será una metáfora de algo más profundo. Incluso el río, según algunos testigos, ha empezado a fluir en zigzag «porque está explorando nuevas formas de ser agua».

    A la hora de transmitir esta crónica, el lobo no ha mostrado intención de volver a su papel original. Cuando ha oído los pasos de Caperucita, no ha enseñado los dientes: sólo se ha preocupado por si la niña venía abrigada y si había merendado.

    La situación es, por tanto, crítica.

    Resumen de titulares: los cerdos se creen príncipes azules, el cazador quiere abrir una pastelería, la abuela dirige operaciones desde un armario y el bosque entero duda si sigue siendo bosque o si debería reinventarse como parque temático.

    Y este corresponsal, para qué engañarnos, tampoco está en su mejor momento. Uno pasa tantos años narrando desgracias, persecuciones y emboscadas que empieza a preguntarse si no sería más sensato dedicarse a algo más tranquilo. El punto de cruz, por ejemplo, o la restauración de muebles antiguos. Algo donde nadie te grite, nadie te persiga y, sobre todo, nadie te obligue a entrevistar a lobos con cofia.

    Seguiremos informando en cuanto haya novedades.

    O en cuanto este cronista termine el precioso mantelito que está bordando, lo que ocurra antes.

© Guillermo Arquillos, marzo de 2026

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