Fotografías alejadas de la media

 Imagen generada

FOTOGRAFIAS ALEJADAS DE LA MEDIA

Llamé a Eleonora a mi despacho y le mostré aquella fotografía de tonos sepia. Era la del rostro de una mujer cuya sonrisa coloreaba la imagen. Ella alzó las cejas y dijo:
—No puede ser… —Se echó las manos a la cabeza y cerró los ojos. Empezó a temblar—. ¡No podéis hacerme esto!

Yo no respondí. La impresora del pasillo comenzó a lanzar sus zumbidos habituales. Eran poco más de las siete y media. En la pared de enfrente, una luz fría, de quirófano, iluminaba el emblema de la Sociedad de Gauss.

—Es mi madre —dijo—. Ella no se ha desviado de ninguna media. Paga todos los impuestos, camina a diario y sus analíticas son perfectas. ¿A qué viene ahora esto?

Toqué el borde del estuche que siempre tengo sobre mi mesa; es mi gesto cuando voy a decir algo que no quiero decir.

—Hace siete horas entró en vigor el nuevo protocolo para mayores de sesenta. Desde hoy mismo, quienes los cumplan o los superen pasarán a fase domiciliaria de cierre. Estos ciudadanos suponen más gastos de lo que aportan a la sociedad.

—Pero, por Dios, eso son estadísticas. ¡Mi madre no es una maldita estadística!

—Yo solo repito lo que dicen el modelo y la campana de Gauss.

Sostuvo mi mirada sin parpadear.

—Apartadme, no me hagáis esto. Me encuentro ante un conflicto de intereses.

—Bueno, ya sabes, la asignación es ciega y no hay recusación cuando el objetivo es de tu círculo primario. Quien más conoce, comete menos errores.

—Pero quien más conoce es quien más sufre…

Eleonora estaba sudando. Todavía creía que yo podía detener el cierre.

—Puedes pedir que consideren la exención por vínculo, pero no te lo recomiendo, porque, mientras resuelven, el sistema ya habrá ejecutado en remoto: solo han dado un margen de veinticuatro horas.

Eleonora tragó saliva y se acarició el contorno de la boca.

—¡Ni te imaginas cómo es! Tiene sesenta y dos años y sabe hacer el pan sin usar la báscula ni una sola vez. Para enseñarme a montar en bici, me ató al sillín y me quitó las ruedecillas. Así aprendí. Mi madre nunca le pidió nada a nadie.

—Lo siento, Eleonora: el decreto no distingue biografías —dije yo.

Abrí el cajón y dejé sobre la mesa un estuche nuevo: una ampolla, su cánula y el microinforme.

—Toma, para que cumplas con el cierre. —Prefiero no decir «matar» en momentos así—. Firma la recepción.

Ella no tocó el estuche. Me miró un segundo y vi una niña; respiró profundamente y vi a una operadora, una de las mejores.

—¿Y si me niego? —preguntó.

—Si te niegas, la cerrarán en remoto. Tú nunca volverás a operar y, desde luego, ella morirá completamente sola. Es inhumano.

Negó con la cabeza.

—Pero, por Dios, ¿quién ha decidido esto? —Le temblaba la voz.

—El Consejo y la aritmética. El factor decisivo, ya sabes, es protegernos de los extremos de la campana de Gauss.

Asintió lentamente, como quien confirma una sospecha. Creo que hasta se tragó una lágrima. Se levantó y tomó la foto.

—Mi madre guarda otras fotos como esta en una caja de hojalata. Son fotos viejas, de cuando las magdalenas traían calcomanías. —Hizo una pausa—. Entre cien barras de pan, yo siempre sé cuál es la suya. Créeme, solo necesito olerlas…

Nuestro mundo, de temperatura medida, de tiempo exacto, de cuerpos sometidos a la tiranía de las básculas; su madre, capaz de hacer pan sin ni siquiera pesar la harina.

Guardó el estuche en su bolso. Al firmar, el bolígrafo se empeñó en temblar.

—Eleonora —dije cuando salía—, si necesitas acompañamiento…

No contestó. La puerta se cerró con un clic que se me quedó metido en la cabeza.

Respiré profundamente. Una vez, dos veces, tres… hasta que el zumbido de la impresora se apagó.

Abrí la carpeta siguiente y saqué otra fotografía. Esta no era de color sepia: era la de un niño de unos nueve años y gesto terco. Usaba muletas y, en la escayola, alguien había dibujado una bicicleta. En una esquina de la imagen estaba el símbolo tachado de una campana de Gauss. Yo conocía al chaval: era el hijo de una colaboradora, Kim.

—Haz pasar a la siguiente —dije por el interfono.

Abrí bien los ojos, era Kim. Venía con su uniforme impecable, se cuadró sin mirarme a los ojos.

Yo dejé la foto sobre la mesa, cara arriba. Cuando ella la vio, se echó a llorar.

Pensé en cuántas veces había dicho la palabra «cierre» para no decir «matar». Pensé en el pan que la madre de Eleonora hacía sin pesar los ingredientes, se me hizo un nudo en la garganta y solo pude decir:

—Siéntate un momento, Kim. Tengo que decirte algo.

© Guillermo Arquillos 30.09.25

 

 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Los zapatos mágicos (Cuento de Navidad)

QUINCE TONOS