QUINCE TONOS


 

QUINCE TONOS

«A las ocho». Demasiado simple, sin clave de confirmación. «Llamar al seis cuatro siete treinta y dos…». Ese número me suena, es extraño. En nuestro esquema de trabajo, lo barato sale caro. Y ya lo han usado antes.

He dejado mi apartamento, pagado con fondos reservados, y he bajado a la calle, a la nieve. Eran las ocho menos diez.

En nuestra organización, la exactitud es la clave. No podemos darle un giro a la sociedad si no somos matemáticos, precisos, minuciosos. Otros grupos han intentado hacer lo mismo, pero las bombas les han acabado estallando en las manos por falta de método. En la asamblea del año pasado se definieron los parámetros útiles: una estructura desarticulada basada en células durmientes, con autonomía para actuar y para matar. Con autonomía para morir. Nadie conoce a nadie, nadie manda flores a los entierros. Si suceden, son simples contratiempos. La lucha siempre continúa.

De contable a espía, menudo carrerón… Mi padre me decía que siempre estaba conspirando en mi grupo de amigos. ¡Cómo se reía! Yo fui quien echó a pelear a la Lorena con su novio; yo fui quien le mandó el mensaje de amor a la profe nueva, la Despo. Cuatro expulsados. Sus protestas hicieron que me sintiera un triunfador.

Yo fui también quien puso las bolsas en el piso que al delegado del gobierno le servía de picadero. Tres amantes, trescientos gramos de cocaína; tres titulares, tres dimisiones.

Camino. Estoy solo en esta ciudad y ya no sé si merece la pena toda esta mierda.

Al otro lado del puente está la única cabina que queda en la zona. Es una reliquia porque ahora todo el mundo usa su móvil; a la puerta le han cambiado los tornillos, pero el cristal sigue sucio. Yo prefiero que los servicios extranjeros no se metan en mis asuntos como les acaba pasando a quienes usan smartphones. Manías mías.

Descuelgo, marco. Hace frío. Mucho. Un tono, otro, otro más.

Alguien se acerca, lo veo a través de los cristales. Estoy convencido de que solo me van a soltar un simple «ven»; para activarnos, no necesitamos más. Tampoco hace falta que nos digan a dónde debemos ir, es siempre el mismo hangar de las afueras. Sexto tono. Ese alguien que se acerca aprieta el paso: lleva una ridícula gabardina oscura y un sombrero de ala ancha. —¿Quién se viste así en pleno siglo XXI?—. Está aquí al lado…

Deben de haber sonado doce tonos. «La revolución pende de un hilo… telefónico»; bonito título para un artículo que nadie escribirá jamás. Me tiembla la espalda del maldito frío. Quince tonos. De repente, la llamada se corta.

Yo era bueno como contable. Mi mujer era maravillosa hasta que la mataron. Ella permanece siempre viva: habita en mi odio. Cada mañana amanece junto a mí en el piso refugio.

De pronto, el hombre ridículo se detiene y mira hacia mí. Tiene bigote, seguro que es postizo. No hay nadie más en la calle. Siento unas ganas terribles de huir. El hombre saca una pistola y me apunta.

Sonríe.

De pronto, lo comprendo todo.

© G. Arquillos. Enero, 2026

Comentarios

Entradas populares de este blog

Fotografías alejadas de la media

Los zapatos mágicos (Cuento de Navidad)