CÍRCULOS INÚTILES
CÍRCULOS INÚTILES
Sintu se abrió paso entre los demás a empujones, apenas
cabían. Cuando llegó ante Marléou, le soltó:
—Así que tú eres el gilipollas de la pulsera del Dépor.
Marléou casi no podía respirar. El sol se le había metido en
los pulmones y, en vez de lengua, tenía una lámina de estropajo en la boca.
—¿Y qué pasa con que yo sea del Dépor? —contestó, orgulloso,
levantando la mano izquierda.
Le dolía desde los empujones que le dieron para obligarlo a
subir al cayuco a toda prisa. La pulsera azul, ancha y gastada, le apretaba en
la muñeca. Alguien le había contado que en España todos los equipos tenían
estadio, bandera y canciones y que había gente capaz de llorar por ellos.
Detrás de Marléou había dos mujeres jóvenes agachadas. Se
habían subido las faldas y estaban orinando como podían, sujetándose una a la
otra para no caer sobre los cuerpos. El chico vio a un hombre de piel muy
oscura mirarlas con una sonrisa torcida. Quizá estaba eligiendo víctima.
Pensó en su hermana. Ella había intentado llegar a Canarias
unos días antes que él, pero nunca se supo si estaba en el grupo de quienes
murieron al intentar abordar el barco de la policía que se les acercó. Nadie
conoce a los muertos. Los desheredados nunca llegan a saber los unos de los
otros.
—Me cago en el Dépor y en todos sus jugadores —gritó Sintu.
Marléou no se inmutó. Simplemente se llevó la pulsera a la
boca, la mordió hasta romperla y se la ofreció a Sintu.
La escena habría sido ridícula si no hubieran estado
muriéndose. Los otros treinta ocupantes del cayuco no dejaban de observarlos.
Ya se habían quedado sin el poco combustible que les dejaron los de la mafia
antes de largarse. Ya habían llamado al servicio de salvamento. Ya tendrían que
haber salido en su busca desde La Restinga. Se habían quedado sin agua hacía
tres horas y el sol apretaba cada vez más. Habían arrojado ya cinco cadáveres
al mar: cinco viajeros que ya no llegarían a ninguna isla.
Sintu cogió la pulsera rota, la miró un instante y sonrió.
—¿Quiénes sois del Barça? —gritó sin mirar al resto.
Ocho o diez levantaron la mano.
El cayuco, arrastrado por las olas, parecía que giraba sobre
sí mismo y trazaba un círculo muy grande. Un círculo inútil. Uno de madera,
gasolina seca, vómitos, sal y miedo.
Una joven madre, a la espalda de Sintu, se abrió la sucia
camisa y sacó un pecho arrugado para dar de mamar a su hijo. Pero no tenía
leche y el niño tampoco tenía fuerzas para llorar. Apenas había viento. El sol
estaba empeñado en matarlos a todos y Salvamento Marítimo tardaba demasiado.
Los de la mafia les habían asegurado que no tardarían más de tres horas en
recogerlos. Otra mentira más. Una más entre tantas.
—¿Y del Madrid? ¿Quiénes sois del Madrid? —volvió a gritar
Sintu.
Le brillaba la cara.
Otros ocho o diez levantaron la mano.
—¡Ha muerto! ¡Mi hermana ha muerto! —sollozó de repente una
voz a la izquierda.
Sintu ni siquiera volvió la cabeza.
—Tira a esa puerca al agua. Así tendremos más espacio
—dijo—. Aquí estamos resolviendo cuestiones importantes.
Una chica se tapó la boca y empezó a llorar, como si no
pudiera expresar el asco que le daba todo aquello. En la parte delantera, un
niño cuyo padre había muerto hacía unas horas tenía el vientre descompuesto.
Las heces caían dentro del cayuco, calientes, líquidas, mezclándose con el agua
sucia del fondo.
Al notar el olor, Sintu se volvió y levantó los brazos.
—Los del Barça, a la derecha. Los del Madrid, junto a ellos.
El gilipollas este del Dépor y los demás, a la izquierda, con las mujeres.
Hizo una pausa breve, intencionada.
—Y al crío ese que no para de cagarse, lo tiráis al agua o
terminaremos todos apestados. ¿Está claro?
—¿Y a ti quién te ha dicho que…? —protestó uno.
Pero ya se estaba moviendo hacia el lugar que Sintu le había
señalado.
Todos fueron tomando posiciones como pudieron. Algunos
obedecían por miedo. Otros, porque estaban demasiado cansados para discutir. El
resto, porque cualquier orden, incluso una absurda, parecía mejor que seguir
esperando a que el mar decidiera por ellos.
Sintu los miró con una satisfacción repugnante.
—Alguien tiene que poner orden en una mierda como esta, ¿no
crees?
Dos muchachos se acercaron al niño. El pequeño estaba
doblado sobre sí mismo, con los ojos abiertos y secos. Ni siquiera entendía para
qué se le acercaban. Apenas podían moverse por la sobrecarga del cayuco y
temían ser ellos los que terminaran resbalando en los excrementos y cayendo al
agua. Tenían miedo de tocarlo.
Entonces Sintu gritó:
—Mandadlos a estos cerdos al agua. ¡Que mueran como perros!
Comenzó la pelea.
El primero en caer fue un hombre mayor, sin barba y con
algunas canas. Uno de los pocos que viajaban con tantos años. Por supuesto, no
sabía nadar, casi ninguno sabía. Intentó luchar contra las olas unos minutos,
abriendo y cerrando la boca como si todavía pudiera pedir algo, pero al final
desapareció.
Después cayó una mujer, luego un muchacho, luego otro hombre
que quiso sujetarse al borde y recibió golpes en los dedos hasta que se soltó de
la madera.
Había puñetazos y empujones para todos. Los del Barça ya no
estaban a la derecha. Los del Madrid ya no estaban junto a ellos. Los del
Dépor, los que no eran de ningún equipo, las mujeres, los niños, los enfermos,
los fuertes y los débiles se mezclaron en una masa de sudor, sal, gritos y arañazos.
El cayuco seguía describiendo un círculo amplio en el océano, un círculo de
gritos que se alejaba de los cuerpos que iban cayendo por la borda.
Marléou vio a Sintu entre los brazos de varios hombres.
Seguía gritando órdenes, señalando, inventando bandos. Tenía en la mano un
trozo azul de la pulsera.
Marléou quiso decirle algo, insultarlo, pedirle que parara.
Pero tenía la garganta cerrada y el sol seguía viviendo en sus pulmones.
Alguien lo empujó por detrás y cayó de rodillas. Una rodilla
se hundió en el fondo sucio del cayuco. Intentó levantarse, pero recibió un
golpe en la nuca, después otro. Vio la cara de su hermana, o creyó verla, y le
vino la idea de que quizá los muertos sí llegan a conocerse al final, aunque sea
debajo del agua salada.
Una mano le abrió la boca. Marléou intentó morder, pero no
pudo.
Cuando Salvamento Marítimo llegó, tres horas más tarde,
apenas quedaban viajeros en el cayuco: Había un niño inconsciente, envuelto en
sus propias heces. Había una mujer joven con la cabeza abierta; alguien la
había golpeado y no coordinaba sus pensamientos. Había otra mujer que lloraba y
repetía que un hombre había intentado abusar de ella antes de que lograra
empujarlo al agua. No sabía cómo había tenido fuerzas para hacerlo. Había dos
muchachos sentados espalda contra espalda, incapaces de hablar. Había un hombre
que no paraba de reír. Había cuerpos flotando alrededor, separados del cayuco
por una distancia imposible de calcular.
Y había un chico joven, muerto, tendido de lado. En La
Restinga, el informe forense determinó que el objeto que le habían introducido
en la boca era una pulsera ancha de goma azul con el escudo del Dépor.
La Policía científica no pudo determinar cuánto odio seguía
flotando en el aire de aquel cayuco.
© Guillermo Arquillos, junio de 2026
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