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QUINCE TONOS

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  QUINCE TONOS «A las ocho». Demasiado simple, sin clave de confirmación. «Llamar al seis cuatro siete treinta y dos…». Ese número me suena, es extraño. En nuestro esquema de trabajo, lo barato sale caro. Y ya lo han usado antes. He dejado mi apartamento, pagado con fondos reservados, y he bajado a la calle, a la nieve. Eran las ocho menos diez. En nuestra organización, la exactitud es la clave. No podemos darle un giro a la sociedad si no somos matemáticos, precisos, minuciosos. Otros grupos han intentado hacer lo mismo, pero las bombas les han acabado estallando en las manos por falta de método. En la asamblea del año pasado se definieron los parámetros útiles: una estructura desarticulada basada en células durmientes, con autonomía para actuar y para matar. Con autonomía para morir. Nadie conoce a nadie, nadie manda flores a los entierros. Si suceden, son simples contratiempos. La lucha siempre continúa. De contable a espía, menudo carrerón… Mi padre me decía que siempre...

Fotografías alejadas de la media

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  FOTOGRAFIAS ALEJADAS DE LA MEDIA Llamé a Eleonora a mi despacho y le mostré aquella fotografía de tonos sepia. Era la del rostro de una mujer cuya sonrisa coloreaba la imagen. Ella alzó las cejas y dijo: —No puede ser… —Se echó las manos a la cabeza y cerró los ojos. Empezó a temblar—. ¡No podéis hacerme esto! Yo no respondí. La impresora del pasillo comenzó a lanzar sus zumbidos habituales. Eran poco más de las siete y media. En la pared de enfrente, una luz fría, de quirófano, iluminaba el emblema de la Sociedad de Gauss. —Es mi madre —dijo—. Ella no se ha desviado de ninguna media. Paga todos los impuestos, camina a diario y sus analíticas son perfectas. ¿A qué viene ahora esto? Toqué el borde del estuche que siempre tengo sobre mi mesa; es mi gesto cuando voy a decir algo que no quiero decir. —Hace siete horas entró en vigor el nuevo protocolo para mayores de sesenta. Desde hoy mismo, quienes los cumplan o los superen pasarán a fase domiciliaria de cierre. Estos c...

De pronto, la verdad

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  DE PRONTO, LA VERDAD Se levantó de la mesa, miró a su padre y se marchó a la cocina. Tenía una mancha de sangre entre los dedos y necesitaba apoyarse en la encimera y buscar aire porque sentía que en el salón no había oxígeno y porque su padre le acababa de preguntar por su madre. Él, como siempre, le había respondido con lo de la tía Elvira. —Ay, Dios mío, ¿qué va a ser de papá? —sollozó. Volvió a marcar el número de Enriqueta. De nuevo el buzón de voz. Tomás era un tipo alto, con cuerpo de dinosaurio recién comido y brazos como sogas de amarrar buques. Pero sabía llorar. Su hermana Enriqueta, antes de largarse con el equilibrista, le decía casi a diario que los hombres son tan estúpidos que no saben ni llorar. ¡Qué poco lo conocía! Meses después, llegó la enfermedad a la cabeza de su padre y, aunque avanzaba muy despacio, Tomás fue aprendiendo a soltar lágrimas en la cocina. La vida se le había puesto tan gris que se había ido entrenando en el difícil arte del llanto si...

LO QUE NO DEBE SABERSE

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  LO QUE NO DEBE SABERSE N o lo podía creer: aquel jinete era su hermano. La chica se había imaginado que nunca volvería a verlo, que la dejaría en paz para siempre; pero lo cierto es que allí estaba, en su busca. Su propio hermano. Seguramente le habría vendido al marqués la noticia de su huida a cambio del caballo y de una buena bolsa de oro. En dos días su mundo se había desmoronado por completo. El marqués la había desposado en una ceremonia fastuosa; ninguna campesina había tenido jamás una boda así. Los amigos del noble le dijeron a su padre que el señor marqués se había encaprichado de esta hija y la cubrieron de joyas y sedas. Durante unas horas, la chica había llegado a ser la mujer del hombre más rico de la zona. Era algo totalmente inaudito, impensable. Pero luego, en mitad de la noche de bodas, la devolvieron a la aldea. La trajeron en un carruaje pequeño y discreto. La habían sacado del castillo sin dar explicaciones; le habían arrebatado las joyas, el vestido ...

A QUINIENTOS EL MILAGRO

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  A QUINIENTOS EL MILAGRO Llegué al bar Finlandia , el de mi amigo Ernesto. El dueño anterior era un guiri que se largó cabreado, entre insultos, porque no pillaba el sentido del humor de la gente del barrio. Ernesto, en cambio, tiene la pachorra del que ha visto de todo y al que ya nada le sorprende. Necesitaba ayuda: mi hija, de solo siete años, llevaba meses sin comer ni pizca. No es que fuera caprichosa ni que tuviera manías con la comida. Simplemente, era que no comía; y, claro, se nos iba apagando poco a poco. El médico, pobre hombre, no encontraba ninguna enfermedad. Nos mandaba vitaminas, suplementos, trucos de alimentación…, pero nada funcionaba. Así que fui al Finlandia a reunirme con un curandero . —¿Tú qué sabes de ese Remigio? —le pregunté a Ernesto mientras me ponía un vermú. —Ese es un timador de los buenos. Te vende agua de un charco y te garantiza que te cura, aunque tengas un cáncer. Ya verás que fiera está hecho. —Vaya, lo que me temía. Ernesto se ...

LA TAPIA DEL CEMENTERIO

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  LA TAPIA DEL CEMENTERIO                  Los primeros gallos del día todavía se estaban despertando. «Ya es la hora de los fusilamientos», se dijo Elías. Vestía un luto pobre de camisa remendada y pantalón grasiento. Salió, sin ninguna prisa, camino del cementerio. En su mano derecha, el mechero de su padre, el que le traía suerte. El reloj avanzaba despacio, casi dormido, mientras que el aire, por una vez, había olvidado el calor sofocante que asfixiaba al pueblo. Era la estación del año en la que sudan los calendarios; pero, desde lo del establo, un terco escalofrío helaba las entrañas de Elías. Algunos vecinos arrastraron sus pies hacia las tapias, formando una procesión silenciosa, solo iluminada por las brasas cabizbajas de los cigarrillos. Allí los esperaban los soldados del dictador. Para unos pocos, aquello era simple justicia. Pero Elías apretaba los puños y los dientes cuando pensaba en...

El favorcito

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  EL FAVORCITO     E l lunes, a primera hora, el director llamó al becario a su despacho; lo estaba esperando. Apenas se sentó, el hombre comenzó a hablar: —Así que, Genaro, tú eres… —Perdone, señor, pero me llamo Gerardo —dijo el chaval torciendo el gesto. El director se quedó en silencio, mirándolo a los ojos y sonrió. Era la sonrisa que el chico había visto tantas veces en los encargados; siempre lo trataban como si fuera invisible. —Eso es, ¡Gerardo! No te imaginas cuántas cosas tengo en la cabeza. Gerardo asintió: —Comprendo, señor. El chico leyó en el rostro del jefe cierta incomodidad. «Está sentado en ese lado de la mesa, con sus canas, su traje a medida y sus millones; no necesita la comprensión de un mosquito como yo», pensó. Pasaron unos segundos en los que ambos se miraron a los ojos. Se escuchaba el zumbido del aire acondicionado; de la calle llegó el eco de una sirena que se alejaba. —De modo que te gustaría quedarte...