VÓMITOS AL DESPERTAR
—¿Otra vez vomitando? —el marido estaba muy preocupado. Cada vez que se quedaba embarazada, pasaba unos primeros meses malísima. Volvían aquellas semanas de pesadilla.
La maestra, desolada, acudió a lo que creía que la iba a ayudar: se encomendó a San Ignacio y a San Ramón. Y le prometió a Santa Rita que asistiría todos los años a su novena. Además, por si acaso, se puso en manos del mejor médico que conocía en la ciudad. Por si las moscas.
Y se volvió a quedar embarazada. Era su tercera vez, la tercera oportunidad que le daba el Cielo para cumplir su sueño: ser madre, tener una familia, traer al mundo varios hijos en un hogar donde reinase el amor.
¿Cuándo lloró más amargamente? ¿El día en que se enteró de que la chica que la ayudaba en la casa “se había puesto el perejil” para abortar? ¿O el día en que nació su hija y la matrona dijo que había que elegir nombre y bautizarla inmediatamente?
Los gritos de dolor de aquella mujer hicieron callar a toda la ciudad. Y sus lágrimas la inundaron.
Pero la vida continuó y la maestra, «pobre mujer, qué mala suerte que tiene», se volvió a quedar embarazada. Dos veces más. Y vinieron al mundo dos hijos como dos soles: sanos, cariñosos y traviesos. Dos regalos de Dios. Y de Santa Rita.
A los tres años, volvieron los vómitos. Solo que en aquella ocasión, todavía fueron peores.
«Eran insoportables —me contó—. Estaba convencida de que era imposible que acabara bien. Me temía que, un día cualquiera, iba a volver a aparecer la sangre y la nueva vida se terminaría antes de formarse, como se habían malogrado aquellas vidas primeras, hacía años».
Las vecinas le hablaron de un medicamento que quitaba las náuseas matutinas. Se lo habían recetado a varias mujeres en el barrio. Ella dijo que no, que no se lo iba a tomar. Que si tenía que pasar por aquello, por aquello pasaría.
Al cabo de los meses, alguien en el barrio tuvo un bebé sin brazos y casi ciego. Finalmente, se supo que la causa fue aquella medicina para los vómitos: la talidomida.
El hijo de la maestra nació sano, fuerte y grande. Muy grande. Ella había sido capaz de soportar aquellos insufribles vómitos que la iban a matar.
Me quiso mucho desde mucho antes de que yo existiera. Porque aquella mujer era mi madre y el niño que nació sin malformaciones soy yo.
(Este relato, aunque novelado, está basado en hechos reales).
La talidomida causó malformaciones en bebés de todo el mundo desde 1957 a 1963. Nacieron sin extremidades, con ceguera, sordera o defectos graves en los órganos internos que hicieron que muchos murieran de formas horribles. La compañía alemana que lo fabricó y comercializó nunca se ha hecho responsable de aquellos efectos.
El medicamento se sigue usando para combatir la lepra o para algunos casos de cáncer. Una sola toma de talidomida puede ser fatal para el feto o causarle daños irreversibles. Muchos países tienen un registro nacional de personas a quienes se les prescribe.
©
Guillermo Arquillos
Año 2022. Enero, día 30
Todos los derechos reservados
Comentarios
Publicar un comentario