Maldita noche de tormenta
Maldita noche de tormenta
—Estaba buena la lasaña que nos ha hecho la vieja, ¿eh,
Marcus? —dijo ella—. Pero yo creo que me ha un poco sentado mal.
—Se supone que es su especialidad, ya lo has visto en los
letreros. Estaba un poco pasada con las especias, pero buenísima.
—La madre me da pena. Está muy mayor. Lo siento por ella…
—Es lo normal —le dijo a su esposa—. Las cosas que les
suceden a los hijos, los padres las vivimos si nos pasaran a nosotros. Ese Norman
era un cabronazo.
Volvía a caerse el cielo, como cuando llegaron al motel.
Habían esperado una ocasión como aquella desde que su hija llegó a casa
llorando. Su abogado, que había pasado por algo parecido, había sido muy claro:
—La ley no hará nada: le tomarán declaración al tal Norman y
poco más. Tendríamos que tener una señal incuestionable de que fue él quien la
violó.
—Nosotros creemos a nuestra hija —dijo Marcus.
—No es suficiente, ya lo sabéis. Necesitamos pruebas
irrefutables. De otro modo, quedará impune. Además, volverá a hacer lo mismo una
y otra vez. Ayer le tocó a vuestra hija. Mañana podría ser la mía, de hecho, el
tipo lo intentó; pero también podría ser cualquier otra muchacha a la que encandile.
Hanna se inclinó y se puso a llorar entre las manos.
Al salir del despacho, los padres ya habían decidido lo que
iban a hacer. Tendrían el apoyo de su amigo, el abogado: estuvieron esperando
varias noches, vigilando para que no hubiera clientes en el motel. Al fin y al
cabo, el negocio era muy pequeño y todas las ventanas daban a la carretera. Era
fácil saber si había huéspedes.
Aquella noche, Norman y su madre estaban solos. Cuando más
llovía, el matrimonio paró el mercedes junto a la entrada y se registraron con
nombres falsos. Cenaron lo que les cocinó la madre y se fueron su habitación.
Al cabo de un buen rato, Marcus actuó con rapidez: llamó a Norman
para que arreglara un desperfecto imaginario en el baño, casi sin mediar
palabra, lo mató de dos disparos. A pesar de los nervios, no se había olvidado
del silenciador.
Hanna limpió lo mejor que pudo y su marido, en medio de la
lluvia, se deshizo del arma en un pozo de uno de los patios traseros. No les
importaba que la madre los pudiera reconocer porque su abogado se encargaría de
proporcionarles una coartada perfecta. Además, habían usado guantes todo el tiempo.
Hasta comiendo. En cualquier caso, pasase lo que pasase, ellos habían decido
acabar con aquel canalla que había violado a su hija.
Era una fuerte tormenta y cada uno se encerró en sus propios
pensamientos mientras se alejaban del motel.
—No es un asesinato, Marcus, es justicia —había dicho Hanna
en alguna ocasión.
—Es por nuestra hija y por las muchachas a las que podría
hacer lo mismo.
Pasaron unas dos horas. Llovía tanto que había que circular
con mucha precaución porque apenas se veía el asfalto. Poca gente se aventuraba
por aquella carretera de mala muerte.
Sonó el móvil de Hanna: número oculto. Extrañada, puso el
altavoz.
—¿Sabe? —dijo la voz de la madre de Norman—, cuando los he
visto entrar en el motel, los he reconocido inmediatamente. Sus fotos están en
los periódicos. Me ha costado encontrar este número en internet. Ustedes acusan
a mi hijo de haber violado a su chica. Quiero que sepan que él no puede hacer
hecho algo así. Yo lo conozco y lo creo.
No sabían qué contestar.
—¿Dónde está mi hijo? No lo veo por más que lo busco por
todo el motel. Sé que ustedes tienen que ver con que no lo encuentre —se notaba
que la mujer estaba llorando.
La pareja se miró en silencio. Ahora, solo ahora, se daban
cuenta de la atrocidad que habían cometido.
—Sí. Mi instinto me ha dicho que han venido a hacerle algo
malo a mi Norman. Por cierto, espero que les haya gustado mi lasaña. Llevaba un
ingrediente muy especial que no se puede detectar en una autopsia. A estas
horas, ya debe haber empezado a hacerles efecto.
Nadie se explicó por qué la pareja viajaba a toda velocidad por
aquella vieja carretera, bajo una tormenta tan fuerte.
Al día siguiente, un camionero encontró los dos cuerpos
dentro del mercedes accidentado.
©Guillermo Arquillos
Año 2022. Febrero, día 1.
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