Y, además, estaba lloviendo [700 palabras]
Y, además, estaba lloviendo
Pasaba la tarde como quien pasa
mil años en una isla desierta. Allí no podía escapar del sol de sus
pensamientos, siempre presentes; no podía evitar mirar al cielo, como quien respeta
el silencio de su propia tormenta; no podía esconderse de la prueba de
embarazo, como quien no puede huir de su sed o de su hambre. El tiempo no
avanzaba.
Y, además, estaba lloviendo.
Por la mañana, ella se había
hecho el test. Después de la sorpresa, la chica pensó y se le iluminó la cara;
se lo había dicho y estaba orgullosa.
Discutieron: él no se podía
esperar algo así. Le dijo que no estaba preparado. Ése era todo su argumento. Estaba
convencido de que ella lo había hecho a propósito y le dijo palabras vacías y
grandilocuentes mientras compartían reproches y tostadas y café.
Ella le dijo que jamás estaría
preparado. Ni ahora ni nunca. Le preguntó que si sabía cuándo iba a salir un
folleto en el Marca o el As, entre los fichajes de las estrellas o los goles
del Madrid. Un manual donde le enseñaran cómo cambiar pañales o cómo madurar en
unas pocas lecciones. Y le gritó palabras dolorosas mientras le pasaba la
mantequilla y una manzana.
Aquella tarde, en su isla
desierta, en medio de Madrid, estaba lloviendo. Por lo menos, a él le parecía que
llovía. O quizá no. Quizá solo eran las lágrimas que brotaban de sus ojos y
mojaban sus pensamientos y el folio del naufragio que ella le había dejado y
que había encontrado al regresar del trabajo. Porque volvía de la civilización
y buscaba una tabla donde cupieran dos personas. Mejor dicho, dos personas y un
perro. Pero ahora nada le servía de salvavidas porque ella se había marchado
navegando en unas gotas de tinta.
Y, además, estaba lloviendo.
Le empezó a escribir un
mensaje:
«—No me esperaba que te
fueses…».
Borrar, borrar, borrar.
«—Ya te estoy echando de
menos…».
Borrar, borrar, borrar.
«—Te sigo queriendo. No importa
lo que haya pasado ni lo que nos hayamos dicho. Te sigo queriendo».
Enviar.
De pronto, se dio cuenta de que
su isla no estaba tan desierta. Le quedaba Olek, el perro de Lavinia. La muchacha
no se lo había llevado y él dedujo que la chica volvería a buscarlo.
Y comenzó a decorar el salón
como para una fiesta.
Cuando acabó, el piso ya no
tenía aspecto de una isla desierta. Parecía una sala de baile o el salón donde iba
a celebrarse un juicio.
Él ya no sabía quién era el reo
en aquel imaginario proceso. Lavinia no había hecho nada: lo ponía en aquel
folio. Ella tampoco quería quedarse embarazada, había sido algo totalmente
inesperado. Ahora lo único que buscaba era la libertad de ser ella misma. Qué
ironía. En aquella isla ya nadie podría ser él mismo. Ni Lavinia, ni él, ni Olek.
El perro, quizá se dio cuenta
de que Lavinia se había ido; o quizá olió a la chica cuando el ascensor comenzó
a sonar con su acostumbrado ruido a maquinaria vieja. Comenzó a ladrar.
Alguna muchacha venía a
rescatarlo desde algún continente lejano a su isla desierta. Sí.
«Aquí, aquí estoy yo; solo en esta
isla. Ven a salvarme» —pensó el chico.
Y fue creciendo el sonido que hacen las
velas de una nave que se acerca a una playa, o el de una llave que va a entrar
en la cerradura. O el de un mecanismo atascado.
«Dios. No puede entrar porque tengo la
llave puesta por dentro» —se dijo.
Y salió corriendo por el pasillo hacia la
entrada.
Lavinia tenía el pelo mojado. Por su rostro
habían resbalado lágrimas negras bañadas en rímel.
—Lavinia, estoy solo —dijo él—. No importa
lo que ha pasado esta mañana. Da igual lo que nos hemos dicho.
Ella buscó sus ojos con la mirada.
Expectante.
Pasaron unos segundos.
—Te quiero —concluyó él, porque no sabía
resumir sus sentimientos con otras palabras.
En el salón, junto a los globos de colores,
el muchacho había colgado una gran pancarta: «Bienvenidos a nuestra isla. Ahora
somos cuatro».
Y, además, dejó de llover.
Guillermo
Arquillos
Agosto
2021

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