Mía (Relato de 700 palabras)
Mía
«¡Claro! —pensó—, ahora la compra tiene que ser el doble: dos
veces más de compresas, de pan, de leche, de café, de té…
»¿Le
gustará el té? Eso es algo que nunca he sabido. Sé que le priva el champán, porque he visto muchas veces cómo lo bebe:
como una esponja. ¡Hay tanto que sé de ella y tantas cosas que me quedan por
conocer…! Cuando baje a verla para la comida, le tengo que preguntar si le
gusta. Espero que no me escupa cuando se lo diga, como tiene por costumbre.
»¡Qué boca
tiene la tía, nena!, ¡lo que puede soltar por ella! Y me insulta en dos
idiomas: en rumano y en cristiano.
Bueno, en realidad, me atrae incluso cuando me quiere ofender. Es que me
cautiva. —¡Qué curioso!, me cautiva…—.
Me da morbo la palabra. Tiene gracia.
»Al final,
se acostumbrará a mí. Porque querer a una persona es, sobre todo, conocerla y adaptarse
a ella. Nada más: tener voluntad y habituarse. En el momento en que sepa que
todo lo estoy haciendo por su bien,
cambiará su modo de pensar, ya verás. No cabe duda. Y ese momento llegará
pronto.
»Después de lo que he hecho, si no consigo que me
quiera, por lo menos tengo la seguridad de que la tendré siempre cerca de mí: forever. ¡Se acabaron las largas horas
en la acera esperando a que saliera del club con algún cliente! Ya se ha
terminado lo de apretar los puños y sudar de rabia porque sabía que estaría con
un tío de esos. No hay excusa: no quiero que esté con nadie más. ¡No lo
soporto!
»Además,
así le ahorro las preocupaciones y la obligación de darle la pasta al chulo ese de mierda que la tenía explotada. Le he hecho
un gran favor.
»El tipo
no se lo podría esperar. Y menos se podría creer que se lo fuese a hacer una
mujer hecha y derecha. Como yo, sin ir más lejos. En cuanto la vi salir corriendo
y llorando, supe que le había pegado.
Y antes de que se diera cuenta, el cabronazo había perdido el conocimiento con
una llave que le hice por la espalda en su cuello de mono apestoso. Lo demás ya
fue “coser y cantar”. Un cerdo menos: yo uno, chulo putas cero. Cero absoluto y para siempre.
»Y, ¿qué
iba a hacer yo? ¿La iba a dejar allí sola? La verdad es que no tenía pensado
traérmela tan pronto. Hubo que adelantarlo todo. La tuve que engañar para
meterla en casa porque todavía no me quería. Bueno, ahora, tampoco; supongo que
me desprecia. Pero será durante poco
tiempo, claro… Calculo que dentro de un mes ya se habrá acostumbrado a mí.
Entonces no resultará peligrosa. Ahora, sí. Por el momento.
»Se
terminará enamorando de mí. Yo la tengo metida en la cabeza. Desde el primer
segundo en que la vi, supe que la necesitaba. Y preparé las cosas poco a poco:
coloqué la cama en el sótano, las cámaras, el equipo de grabación…
»En cuanto
puse los ojos en ella, comencé a vigilarla, siempre a distancia, para no asustarla
y que no se fijaran sus compañeras en mí. Fui tomando nota de las horas a las
que entraba y salía, los tíos a los que acompañaba y los días en que no iba al
club —los jueves no iba nunca—. Apuntaba
los vestidos que se ponía, los zapatos y el maquillaje que utilizaba cada día.
Me aprendí de memoria cómo combinaba los colores del bolso y de la ropa —a
todas horas con trapos tan ajustados—.
»He tenido
que quererla en silencio mucho tiempo hasta que, por fin, la tengo en el sótano
de casa, preparada para empezar una nueva vida junto a mí. Porque yo la quiero
y mi amor hace que solo pueda ser mía: me pertenece. La he sacado del infierno
y ahora yo soy su dueña.
»Por
cierto, ¿le gustará el té? Debo preguntárselo. Quiero que se sienta cómoda a
pesar de que la tenga con las manos atadas a la espalda y esté amarrada a la
tubería.
»Sabré que
las cosas empiezan a ir bien, cuando deje de escupirme».
Guillermo
Arquillos
Agosto
2021

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