Lucas (700 palabras) (Relato con una "pequeña sorpresa") [Ganador reto 98 Club de Escritores]
Lucas
Andrés y Berta, los amigos de sus
padres, habían tenido que irse a Salamanca porque Carlos, el hijo universitario,
se había caído y estaba en el hospital con un brazo roto. No era grave, pero necesitaba
pasar por quirófano para ponerle unos clavos. A Manuel, que solo tenía cinco
años, lo habían llevado a casa de la abuela y a Lucas lo habían dejado con la
familia de Alex, que era donde iba a estar más a gusto.
Andrés y Berta pasaron muy tarde por
casa de Alex y ya no era hora para salir con los amigos y darse una vuelta con
Lucas, de modo que quedaron para el día siguiente, que era sábado. Entonces se
conocerían.
Alex se levantó un poco más
temprano de lo que solía, desayunó cualquier
cosa y le dijo a Lucas que se iban al parque. Quería llegar pronto para
esperar a los amigos. Iban a estar toda la mañana jugando a lo que se les
ocurriera. ¡Se lo iban a pasar fenómeno!
Enrique, el padre de Alex, estaba
recién levantado, haciéndose el desayuno.
Una llamada de teléfono.
«Pero, ¡si es Alex! —pensó
preocupado— ¡Si acaba de irse…!».
—¡Papá! —gritó Alex a través del
auricular— ¡Baja, por favor, papá! Estoy en la puerta.
Se le notaba muy nervioso. Estaba
llorando.
—¿Qué ha pasado, Alex? —preguntó Enrique,
alarmado.
—¡Un coche ha atropellado a
Lucas! —respondió el chaval— ¡Ha sido horrible! ¡Está muriéndose y, los del
coche, ni se han parado!
Había unas pocas personas
alrededor de Lucas, que estaba tumbado en el asfalto. Alex se abrazó a su padre
y, entre lágrimas, le explicó que su amigo se había adelantado para cruzar y
que un coche blanco lo había golpeado. El vehículo le había pasado por encima a
Lucas. ¡Había sido horroroso!
***
En la clínica, la enfermera explicó
que Lucas estaba muy mal. Lo habían sedado
porque el dolor era insoportable. Estaba segura de que no iba a morir: era muy
fuerte. Sin embargo, era muy improbable que pudieran hacer gran cosa con sus
caderas: necesitaría muchísimo tiempo para recuperarse porque parecía que el
coche se las había aplastado. Las tenía destrozadas. Más adelante informarían
con más detenimiento. Había que esperar.
Enrique, armándose de valor,
llamó a Andrés. Fue un mal rato para el padre de Alex. Oyó a Berta llorando
cuando Andrés le repitió lo que había sucedido. De todas formas, los amigos le
dijeron que confiaban plenamente en aquella clínica y en lo que decidiera Enrique.
Que le podía haber pasado también a ellos porque Lucas era muy independiente y
hacía lo que le daba la gana. Era algo inevitable.
Una hora.
Dos horas.
Tres horas sin tener noticias.
Parecía que en aquella clínica, todos se habían olvidado de ellos.
Enrique y Alex estaban en la sala
de espera. El muchacho se sentía responsable de lo que había ocurrido. Casi
todo el tiempo lo pasaba andando de un lado a otro. A veces se sentaba, con la
mirada perdida, sin saber qué decir.
Por fin, volvió a salir la enfermera.
—Las radiografías confirman que
Lucas tiene las caderas rotas, trituradas—les dijo con voz muy seria.
—¿Tardará mucho en volverse a
mover? —preguntó Alex.
—Lamento decirles que, si se
recupera, tardará muchísimo tiempo. No tiene operación —respondió ella—. Si
ustedes nos autorizan, tendremos que diseñar y colocarle una prótesis externa.
Una personalizada.
—¿Una prótesis? –preguntó
Enrique.
—Sí. Una prótesis le facilitará
la vida —aseguró—. En algunos casos parecidos, la familia no ha querido verlo
inválido tanto tiempo y hemos tenido que aplicar la eutanasia.
«¡Qué crueldad! —pensó Alex,
escandalizado—. ¡Sí! Una prótesis de ruedas será lo mejor hasta que se
recupere».
A lo lejos, dentro de la clínica,
se oía ladrar a Lucas. Los demás perros esperaban en silencio a que la
enfermera volviera a entrar para ayudar al veterinario.
Guillermo
Arquillos
Agosto
2021

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