El pequeño imán (Relato ganador en el club de escritores. Reto 96) [700 palabras]

 




(Este relato resultó ser uno de los ganadores de la semana en el Club de Escritores.

Ha sido mejorado con la revisión de María Martha Arce, correctora profesional, que colabora con el Club de Escritores).



El pequeño imán

 

¿Alguno de vosotros ha sentido la angustia de perder a una hija de dos años?

De repente, un grito de Carmen, mi mujer:

—Guillermo, ¡Dios mío!, Laura se está ahogando.

—Pero, ¿qué dices?, ¿qué ha pasado? —pregunté yo.

—¡No lo sé! —respondió llena de nervios—. ¿No ves que no puede respirar? Hay que hacer algo, lo que sea. ¡Dios mío! Rápido. Que se nos muere.

La niña tosía casi sin fuerza. No lloraba. Cuando aspiraba, emitía un sonido agudo. No estaba entrando suficiente aire en los pulmones.

 Me quedé paralizado unos instantes.

Y la vi en una cajita blanca, rodeada de flores y con olor a incienso. En mi mente, estaba dormida. O eso parecía.

La gente, en el centro comercial, empezó a arremolinarse en torno a mi mujer.

—¡Que alguien haga algo! —gritó un señor con barriga.

—¡Que alguien llame al 112! —exclamó una muchacha.

—A una prima mía le pasó lo mismo. Y se murió —comentó una chavalita muy simpática.

El griterío resonó mil veces en el vestíbulo, por encima de la música y de los anuncios de los altavoces. Al fondo, en un bar, unas pocas personas de las mesas miraban la escena y cuchicheaban.

Gritos. Gente que voceaba. Mi mujer, con la cara descompuesta, lloraba.

Mandé a los curiosos que se callaran cuando alcé a nuestra hija con el brazo izquierdo. La puse boca abajo y empecé a golpear su espalda.

—Pero, ¿cómo leches ha pasado, Carmen? —pregunté a mi mujer.

—Papá, papá —avisó Rosa, la mayor, de seis años—. Ha sido Laura, que me ha quitado esta pieza y se la ha metido en la boca.

Mi esposa le arrebató con rapidez una ficha de un juego magnético. Las chiquillas se pasaban el día entero con el juguete. Carmen se dio cuenta enseguida. La giró y, ¡faltaba la parte metálica!

—¡Guillermo!—me gritó enseñándome aquella cosa.

Su voz sonó por encima del ruido que hacía el gentío, cada vez más numeroso.

—¿Pero dónde narices está el imán? —pregunté.

—¡Lo tiene en la garganta!—dedujo mi esposa—. Se nos está muriendo. Está atascado en su garganta.

Yo golpeaba sin cesar la espalda de Laura. Intentaba no hacerle daño, pero daba porrazos secos que resonaban a nervios y a urgencia.

Y vi con claridad las fotografías de los periódicos del día siguiente: mi hija boca abajo, azulada; la gente que nos rodeaba con caras de desesperación.

¿Alguno de vosotros ha sentido la angustia de perder a una hija de dos años?

Una señora gritó: «¡Un médico! ¿Es que no hay ningún médico en el centro comer­cial?».

Y miles de voces repitieron: «¡Un médico! ¡Que venga un médico!».

Laura se empezaba a poner azul y yo, como un tonto, solo era capaz de golpear y golpear su espalda.

Unos muchachos, que estaban un poco alejados, mandaron callar a la gente.

Todos bajaron su voz y, a lo lejos, comenzó a oírse una sirena que se acercaba. Supuse que, por fin, venían los del 112: alguien los había llamado.

Se oyó un grito y mil ecos: «¡Ya vienen!, ¡ya vienen!».

 

Estaba seguro de que nuestra hija iba a perder el conocimiento porque había pasado demasiado tiempo apenas respirando. Los médicos tardarían todavía en bajar de la ambulancia y llegar hasta nosotros. Yo golpeé más fuerte a la personita que sostenía en el aire. Las lágrimas de mi mujer y de mi hija mayor decían que lo daban todo por perdido. Se abrazaban, sin parar de llorar.

De repente, se oyó cómo Laura lanzaba un extraño suspiro ronco y profundo. Comenzó a toser con fuerza. Una vez y otra, y muchas veces más. Recuperó la respiración con rapidez, y empezó a berrear y a patalear con energía.

Una exclamación de alivio recorrió el centro comercial.

***

En el hospital, las radiografías nos confirmaron que se había tragado algo pequeño y metálico. Le recetaron un simple jarabe y nos dijeron que había que dejarlo actuar: la pieza la encontraríamos en el pañal, cuando menos lo esperásemos.

Y os aseguro que la buscamos y la rebuscamos hasta que, por fin, apareció.

¿Alguno de vosotros ha sentido la alegría de que su hija de dos años vuelva a nacer?

 

 

Guillermo Arquillos Llera

Agosto de 2021

 




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