De no se sabe dónde (1.300 palabras)

 





De no se sabe dónde

De inmediato supimos que era bombero. No tenía ningún uniforme especial ni casco; pero se veía que era un profesional por la manera en que corría, recogía y recortaba ramas del suelo y por cómo golpeaba con ellas las llamas, sin descanso, sin respiro. Gritaba para ponernos a nosotros en marcha y que no nos quedáramos de brazos cruzados, contemplando su trabajo. Nos daba órdenes, aunque nadie lo había puesto al mando. Todos debíamos hacer lo mismo que él.

—Tú y tú —dijo señalando a dos de nosotros—, id a aquella parte. Golpead la base de las llamas con las ramas. Tened cuidado.

—¿No sería mejor bajar a las casas a por cubos? —preguntó uno.

—Ni hablar —dijo—. No da tiempo. Las llamas cruzarían la carretera y el bosque entero saldría ardiendo. Y vuestra urbanización quedaría destruida.

Todo era urgencia: la rapidez contagiosa de aquel hombre, su firmeza y su esfuerzo.

La verdad es que yo no entendía muy bien cómo podría atravesar el fuego una distancia tan ancha y sin vegetación, como era la carretera asfaltada. Pero confiaba en él, porque transmitía seguridad en lo que hacía: era el único que sabía de qué forma actuar.

Tendría como unos treinta años. Era moreno, alto, de constitución fuerte. Se veía que estaba en buena forma física. Había aparecido allí, no sabíamos cómo, para ayudar a que no ardiese el otro lado del camino.

El fuego se iba avivando en aquella parte del monte. El viento contribuía a que las llamas fueran más y más altas y se inclinaban con peligro hacia los que intentábamos apagarlas.

No teníamos agua. Los camiones no habían llegado, quizá porque en algún punto más bajo del monte la carretera estaba cortada por el incendio; de modo que cabía la posibilidad de que no tuviéramos escapatoria en aquel momento. Si el fuego terminaba cruzando la carretera, solo podríamos salir corriendo de allí. Como fuera. Tendríamos que huir monte abajo, atravesar el bosque y dejar que las casas se convirtiesen en cenizas. Todo se quemaría junto a nuestros recuerdos y esperanzas. No sabíamos qué hacer hasta que apareció aquel hombre y se puso a organizarnos.

De vez en cuando, pasaba uno de los helicópteros y dejaba caer agua sobre los árboles que estaban ardiendo. Durante un momento, aquellas llamaradas perdían fuerza. Incluso, en algunas zonas, se apagaban por completo. Pero el incendio permanecía con toda su fuerza monte arriba. La humareda nos hacía difícil respirar cuando las rachas de viento soplaban hacia nosotros. Casi todos teníamos los ojos llorosos por el humo y por la impotencia. El calor que desprendía todo aquel desastre era casi insoportable. Algunos nos habíamos puesto pañuelos en la boca para filtrar el aire viciado y evitar que el humo se nos metiera en el pecho. Temíamos la victoria del incendio y la derrota de todos nosotros: de nuestras vidas.

«Con más fuerza ¡ánimo!», gritaba aquel hombre. «No dejéis de golpear la base de las llamas».

La cuneta del lado superior de la carretera estaba ardiendo por completo. De pronto, el viento levantó algunas ramas prendidas que, empujadas por una mano macabra, volaron por encima del asfalto y fueron a parar a la cuneta del lado de las viviendas.

En ese instante comprendí lo que decía aquel desconocido: las llamas podían cruzar con facilidad. Era una situación peligrosa y urgente. Tuvimos suerte: dos de los nuestros consiguieron sofocar el pequeño incendio de este lado. Y proseguimos todos en aquella lucha imposible.

¿Os habéis sentido alguna vez así? ¿Habéis comprendido de repente que no sois nada frente a las fuerzas irracionales: el fuego, el viento, las llamas…? Os aseguro que uno llega a convencerse de lo poco que puede hacer. Es como si aquello que está sucediendo no fuera real. Y te das cuenta de que cualquier racha de viento va a lograr que te abrases sin remedio. Lo único que está en tus manos es seguir luchando. Solo eres capaz de apretar los dientes para continuar. Te llenas de rabia y de miedo.

Creedme: es una experiencia horrible. Siente uno la imposibilidad de evitar lo que no se atreve siquiera a pensar. Sabes en ese instante que todos nosotros somos solo pequeñas briznas secas que se elevan por el calor que se desprende del fuego. Que las llamas te llevarán donde quieran llevarte. Te acuerdas de rezar. Sí, de rezar. Tú que ya no crees y no sigues en tu vida ningún precepto de aquella religión que aprendiste de pequeño.

Pasó de nuevo un helicóptero contra incendios. Esta vez soltó la carga de su bolsa a poca distancia de nosotros, justo por encima de la cuneta que intentábamos apagar. Los pilotos de los medios aéreos suelen tener cuidado de que el agua no caiga sobre las personas porque, al arrojarla con fuerza, puede causarles graves daños. Por eso intentan empapar la vegetación cerca de ellas, pero con precaución, para no golpearlas directamente.

Así, quedó una zona que ardía en la cuneta opuesta y estaba alejada unos pocos metros del incendio mayor. Entre ambos sectores había una banda de cenizas mojadas.

Aquello supuso para nosotros una inyección de moral. El fuego había perdido gran parte de su fuerza. Ahora sólo quedaba sofocar aquella cuneta abrasadora, llena de ramas y maleza incendiada.

«Parad, parad», gritó aquel desconocido por encima de todas nuestras voces. «Parad y respirad un poco. Vamos a ser capaces de controlar la situación. Este maldito fuego no podrá con nosotros».

Y nos detuvimos para tomar aliento.

Fue horrible: la peor escena que he visto en mi vida. La más espeluznante, la más espantosa. La he reconstruido cientos de veces en mis pesadillas: una racha de viento sopló muy fuerte, bajó de la cima del monte y levantó una lengua de fuego de la cuneta. La llamarada se inclinó con rapidez sobre el relajado bombero, que todavía estaba diciendo que descansáramos unos minutos.

Su ropa se incendió en un instante. No gritó, no se quejó. Todos pudimos ver pavor en sus ojos. Mientras algunos golpeábamos con las ramas, él intentó apagar su cuerpo rodando por la carretera. Pero las llamas fueron más fuertes y lo vencieron en la lucha. De repente, la bola de fuego en que se había convertido aquel hombre, se detuvo. Ya no giró más sobre el asfalto. Ya nunca giraría más sobre el asfalto. El olor… ¡mejor no os describo lo horroroso que era! No lo podremos olvidar jamás.

Pasó de nuevo el helicóptero que, al ver que nos habíamos alejado de la cuneta, se acercó lanzando ahora su carga sobre ese maldito incendio. Actuó con gran precisión: lo apagó casi por completo e incluso cayó parte del agua sobre el cuerpo inmóvil del bombero. Ya era tarde.

Todos nos situamos cerca, pero sabíamos que aquel hombre estaba muerto. No podía haber sobrevivido a la violencia y al calor de aquella llamarada. Muchos empezamos a llorar. Yo sentí el gusto amargo y salado de mis propias lágrimas.

Volvió a caer agua desde el otro helicóptero.

Fue un día triste. Nuestras casas se habían salvado. El incendio se terminó extinguiendo. Cientos de árboles quemados son testigos de lo que digo. Al otro lado de la carretera todo son ahora cenizas que tardarán muchos años en dejar ver un nuevo bosque de pinos.

A este lado, nuestras viviendas. Intactas.

Y, en el centro de la urbanización, una escultura que recordará durante muchos años la memoria del que supo ayudarnos a conservar a salvo nuestros recuerdos y que protegió nuestras vidas: el bombero que apareció de no se sabe dónde.

Guillermo Arquillos

Septiembre de 2020

Última revisión: Agosto de 2021

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