Abuelo, ¿estás dormido? (700 palabras)
A mi abuelo Guillermo,
un hombre inolvidable.
"Un hombre que siente mucho
usa pocas palabras".
(Platón)
(Relato en 700 palabras).
Abuelo, ¿estás dormido?
—Cuando mi abuelo era mayor e iba a verlo, durante la siesta, él estaba en su sillón. Muchos días le cogía la mano y le preguntaba: Abuelo, ¿estás dormido?.
—El bisabuelo Guillermo debió ser excepcional… —dijo mi hija.
—Sí —le contesté—. Era un verdadero personaje en la capital. Por su academia pasaron casi todas las personas que terminaron ocupando algún puesto de relevancia en la ciudad. No se me merecía el final tan triste que tuvo.
Ella cerró los ojos en silencio y volvió a preguntarme:
—Papá, entonces ¿era buen maestro?
—Ya lo creo, hija —dije yo. —El mejor. Pero, de todos modos, era un despistado…
—Como tú… —dijo sonriendo.
—Como yo. ¡Claro que sí! —respondí. — Cuando se equivocaba en alguna operación, por ejemplo, siempre tenía recursos suficientes para seguir explicando. Una vez, contaba la abuela, salió de casa con tres cosas y fue a tres sitios. En cada lugar olvidó algo: el sombrero, el chaquetón o el paraguas. Así era siempre.
—Dicen que los genios son muy despistados.
Yo no quería abordar los días que pasó hasta su muerte. Pero estaba seguro de que iba a salir el tema. Me entristecía pensar en todo aquello.
—Fíjate si era una persona capaz, que enseñó a Jesús, mi primo, a jugar al ajedrez y alcanzó nivel suficiente para enfrentarse a Kasparov en unas simultáneas. Y eso que tu tío era síndrome de Down…
—Tu abuelo Guillermo sería una persona fuera de lo corriente —dijo mi hija.
—No te puedes imaginar —contesté—. Un adelantado para su época que consiguió que sus tres hijas tuvieran estudios y fueran independientes de verdad. No era normal en aquellos tiempos…
Se puso seria. Noté que estaba pensando en otra cosa.
—Y te podría contar mil anécdotas más de él. Todo el mundo lo conocía en la ciudad. Y lo querían de verdad —dije yo.
—¿Cómo murió tu abuelo, papá? Nunca me lo has contado.
Cuando lo recuerdo me tiembla la voz. No puedo evitarlo. Pero no soy capaz de resistir a los ojos lastimeros de mis hijas.
—Tu bisabuela se puso enferma. Algo de la circulación de la sangre y, a los pocos días, terminó muriendo por una parada cardíaca. Fue un impacto muy fuerte: no creíamos que fuera una enfermedad tan grave. Yo lo viví con una angustia muy particular porque era la primera muerte que se me había quedado cercana y no pude colaborar con el traslado del cuerpo. Supongo que fue por miedo o por pena. Jamás se me ha olvidado. No he podido superarlo.
—Sí, pero ¿y él? —preguntó ella.
—Imagínate. Quedó destrozado. Entró en una depresión de aúpa porque amaba a mi abuela como pocos hombres han querido a sus mujeres.
—Igual que tú a mamá… —dijo ella.
—Sí. Más o menos —contesté.
Noté que se me humedecían los ojos. Se me secó la boca y la garganta.
—Entonces, mi abuelo empezó a repetir su frase: Josefa. ¡Llévame contigo! Josefa ¡Llévame contigo! —dije yo.
Y añadí:
—Hoy os cuesta comprender que haya matrimonios para quienes lo más importante es el amor que se tienen el uno al otro. La muerte acudió a su casa pasadas sus bodas de oro. Ya sabes: cincuenta años de casados. Y aquella frase se convirtió en el repiqueteo continuo de una campana que invocaba su adiós: Josefa. ¡Llévame contigo! Josefa ¡Llévame contigo!.
—¡Qué pena! —dijo ella con lágrimas en los ojos.
—No te puedes imaginar. Todo un gigante, un hombre de carácter y con una enorme fuerza de voluntad, reducido a tres palabras —dije yo—. Tanto las repitió, que su cerebro ya no pudo y se le paralizó medio cuerpo. Hubo que ingresarlo en el hospital. Una semana más, sin que apenas se entendiera lo que decía. Repetía sin cesar: “Josefa. ¡Llévame contigo!”…
—Un día, una de sus hijas, en el hospital, vio que tenía los ojos cerrados. Le tomó la mano y le preguntó: Papá, ¿estás dormido? Pero él estaba muerto.
Y le dije con los ojos mojados:
—Un gran hombre. Un ser inolvidable. ¡Ojalá que yo me pareciera a él! Tu bisabuelo se fue apagando de pena. Porque la tristeza que causa la separación también puede matar: murió enamorado.
Mi hija se levantó y buscó la caja de pañuelos de papel.
Guillermo Arquillos Llera
Agosto de 2021
Nota: Lo que se cuenta en este relato, aunque novelado, está basado en hechos reales. Me he permitido la licencia de alterar algunos detalles para dar coherencia narrativa al texto.

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