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LA TAPIA DEL CEMENTERIO

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  LA TAPIA DEL CEMENTERIO                  Los primeros gallos del día todavía se estaban despertando. «Ya es la hora de los fusilamientos», se dijo Elías. Vestía un luto pobre de camisa remendada y pantalón grasiento. Salió, sin ninguna prisa, camino del cementerio. En su mano derecha, el mechero de su padre, el que le traía suerte. El reloj avanzaba despacio, casi dormido, mientras que el aire, por una vez, había olvidado el calor sofocante que asfixiaba al pueblo. Era la estación del año en la que sudan los calendarios; pero, desde lo del establo, un terco escalofrío helaba las entrañas de Elías. Algunos vecinos arrastraron sus pies hacia las tapias, formando una procesión silenciosa, solo iluminada por las brasas cabizbajas de los cigarrillos. Allí los esperaban los soldados del dictador. Para unos pocos, aquello era simple justicia. Pero Elías apretaba los puños y los dientes cuando pensaba en...

El favorcito

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  EL FAVORCITO     E l lunes, a primera hora, el director llamó al becario a su despacho; lo estaba esperando. Apenas se sentó, el hombre comenzó a hablar: —Así que, Genaro, tú eres… —Perdone, señor, pero me llamo Gerardo —dijo el chaval torciendo el gesto. El director se quedó en silencio, mirándolo a los ojos y sonrió. Era la sonrisa que el chico había visto tantas veces en los encargados; siempre lo trataban como si fuera invisible. —Eso es, ¡Gerardo! No te imaginas cuántas cosas tengo en la cabeza. Gerardo asintió: —Comprendo, señor. El chico leyó en el rostro del jefe cierta incomodidad. «Está sentado en ese lado de la mesa, con sus canas, su traje a medida y sus millones; no necesita la comprensión de un mosquito como yo», pensó. Pasaron unos segundos en los que ambos se miraron a los ojos. Se escuchaba el zumbido del aire acondicionado; de la calle llegó el eco de una sirena que se alejaba. —De modo que te gustaría quedarte...

PEQUEÑA ESPINA

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  PEQUEÑA ESPINA Podría haber sido un día más. Uno de los muchos en que él se acercaba con ojos brillantes de odio y con puños apretados y Elena se encogía como un ratón que huía por una grieta de la pared. O podría haber sido una de las noches en las que Vicente volvía a casa oliendo a vino peleón y soltando palabrotas e insultos a Silvia, mientras la pobre chiquilla le rogaba que la dejase en paz, por favor, papa, ¿qué culpa tengo yo? Mirando lo guapa que era, él perdía el control y terminaba aporreando las puertas y los muebles. Pero la tarde había sido distinta, los cuatro juntos, el centro comercial abarrotado, las rebajas echando humo y Vicente, el bueno de Vicente cuando no estaba fuera de sí, soltando bromas y pasando la tarjeta como si no le importara que ya estuviera casi al límite del crédito. Más tarde fueron a cenar. Andrés, el pequeño de once años, solo pidió un trozo de pizza y ni siquiera levantó los ojos del móvil; los problemas de los demás no le afectaba...

EL TÍO MAKAR

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  EL TÍO MAKAR   Vinieron los soldados a la aldea y, como no entendíamos nada, los recibimos con sonrisas. Ellos dijeron: «Tenemos órdenes». Nuestros padres buscaron al alcalde. Iban gritando mucho. Dos días después, el alcalde nos reunió en la plaza y dijo que había protestado con todas sus fuerzas. Ahora parecía otra persona: tenía bastón, el rostro lleno de moratones y apenas podía mover un brazo. El alcalde nos dijo: «Los soldados tienen órdenes», se le escaparon dos lágrimas y algunas mujeres empezaron a secarse los ojos con el borde de sus faldas. El alcalde añadió: «Moscú necesita nuestro trigo». Miré a mi alrededor y vi llorando a mi madre y al tío Makar. Mi padre… no sabíamos dónde estaba. «¿De qué vamos a comer, Dios mío? —pensó la madre—. No nos pueden hacer esto… Si se llevan toda la cosecha, no podremos sobrevivir; mi hijo, el pobre, va a morir de hambre. ¿Cómo voy a permitir que mi hijo muera de hambre sin hacer nada? ¿Qué hemos hecho nosotros para que el...

IGNORANCIA Y DOLOR

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  IGNORANCIA Y DOLOR Comencé a levantarme tarde, inventando palabras que brotaban espontáneamente, como la de «muermanidad», una combinación de «muerte», «hermana» y «soledad». En ella resumía el sentimiento que me asfixiaba al haber quedado “huérfana de mi hermana”. Durante semanas, sumida en mi muermanidad por Lisa, me olvidaba de cuidarme y dejaba que el sol naciera y muriera detrás del toldo del balcón, siempre con la taza de poleo en mis manos temblorosas, con las cejas arrugadas y vestida únicamente con un camisón. Jaime insistía en que me arreglase, que saliera, que viese a mis amigas. Pero es que él, que escapaba a trabajar en cuanto podía, no tenía ni pizca de muermanidad, porque Lisa solo era su cuñada; nunca había llorado en sus brazos. Nadie me había abrazado jamás como lo hacía mi hermana en vida, ni siquiera el mismísimo Jaime. Sicu…, bueno; Sicu era distinto. En cuanto venía del cole, se plantaba frente a mí y me decía que no se iba a mover hasta que no le sonriera u...

EL ARCANO XIII

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  EL ARCANO XIII —¿Puedo tocarte? —le preguntó el esposo. Ella abrió bien los ojos y le dirigió una mirada triste y una sonrisa de media boca. Se puso el pulgar delante de los labios con suavidad: —¡Chisss, chisss! —fue lo único que dijo Elvira. Y entre ellos se hizo un silencio largo, profundo y enamorado. Así comenzó todo. Las mañanas les facilitaban el silencio, porque no se podían ver —Álvaro se perdía en sus negocios—, ni siquiera a medio día —Álvaro tomaba cualquier cosa en la oficina—. Por la noche, Elvira siempre lo mandaba callar —Álvaro obedecía como un perro sumiso—. Ella no le dirigía ni una palabra. Así se querían. De una forma extraña, arcana e inexplicable, como las cartas de tarot que Elvira consultaba de joven y que ahora andarían por cualquier cajón, quién sabe dónde diablos las habría metido Álvaro. Se miraban, se sonreían y lloraban juntos un buen rato imaginando lo que podrían haberse querido si no hubiera pasado lo que pasó. A los dos meses exact...

EL FILTRO DE LA CENSURA

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  EL FILTRO DE LA CENSURA   Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Como era habitual, comenzaron las numerosas explosiones distantes que infundían temor a todos; sabían que durarían exactamente una hora. Siempre bombardeaban Praga durante una hora exacta. Iván se había servido un vermut; desde que el Imperio comenzó a atacar, apenas había vermut en Occidente. Era un muralista privilegiado que hasta vivía en una casa con un tejado casi aceptable, no como los demás artistas. Tenía los ojos verdes y una envidiable forma física porque, desde que conoció a los de la resistencia, hacía mucho deporte. La mayoría de los checos no tenían tiempo para el ejercicio; estaban preocupados por sobrevivir y temblaban ante la posibilidad de contagiarse de las enfermedades que lanzaban las bombas del Imperio cada día entre las trece y las catorce horas. Iván se había levantado tarde. Aquella mañana estaba planificando nuevas obras que, si conseguían atravesa...